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El Reino de la pauta y los Caballeros del micrófono

Por Diego Macana
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El periodismo en una crisis de credibilidad.

Había una vez un reino muy elegante, lleno de estudios de televisión, editoriales solemnes y conductores con cara de preocupación permanente. Se llamaba República Informada, aunque de informada tenía poco y de república cada vez menos. Allí vivían los célebres Caballeros del Micrófono, una orden de periodistas que alguna vez habían jurado defender la verdad, incomodar al poder y contarle al pueblo lo que los poderosos querían ocultar.

Pero eso había sido hacía mucho tiempo, cuando todavía les daba vergüenza mentir

Con los años, los Caballeros del Micrófono fueron descubriendo que la verdad era trabajosa, incómoda y, sobre todo, poco rentable. En cambio, arrodillarse ante los grandes mercaderes del reino, los contratistas eternos, los empresarios de privilegio y los señores de la prebenda, traía beneficios mucho más concretos: cenas finas, acceso VIP, filtraciones “exclusivas”, contratos de publicidad, sobres misteriosos y una impagable sensación de superioridad moral para hablar en nombre de “la República” mientras cobraban por defender kioscos.

Fue entonces cuando apareció una nueva figura en el reino: el Administrador, un hombre tosco, frontal y bastante molesto para los delicados modales cortesanos, que empezó a hacer algo imperdonable: trabajar. Y no solo eso. También empezó a cortar privilegios, cerrar canillas, revisar negocios, interrumpir negociados y arruinarles la paz espiritual a todos aquellos nobles empresarios que llevaban décadas viviendo del esfuerzo ajeno con el discurso de que lo suyo era “desarrollo estratégico”.

El problema no era que el Administrador gritara. El problema era que ordenaba. Y en República Informada eso no podía permitirse

Los grandes empresarios prebendarios, reunidos en el exclusivo Club del Subsidio Eterno, convocaron de urgencia a los Caballeros del Micrófono. La reunión fue secreta, como todas las cosas “transparentes” del reino. Allí, entre copas importadas y sonrisas de ocasión, el duque de la Obra Infinita, el barón del Monopolio Protegido y el marqués de la Licitación Dirigida coincidieron en algo esencial: aquel hombre que hacía bien su trabajo era un peligro. No porque estuviera destruyendo el reino, sino porque estaba mostrando que el reino había sido saqueado por años con la amable colaboración de quienes debían denunciarlo.

—Hay que frenarlo —dijo el duque, acomodándose la corbata que pagaba el Estado desde hacía veinte años.

—Hay que instalar un relato —agregó el barón, que detestaba el libre mercado salvo cuando vendía su producto.

—Hay que operarlo —sentenció el marqués, gran defensor de la competencia, siempre que la competencia no compitiera con él.

Los Caballeros del Micrófono asintieron con entusiasmo profesional. Después de todo, para eso estaban. Ya no eran periodistas: eran traductores de intereses. Tomaban los caprichos del poder prebendario y los convertían en “análisis”, “preocupación institucional”, “fuentes reservadas” y “versiones que circulan en despachos importantes”.

Y así comenzó la ofensiva

Cada mañana, los diarios amanecían con títulos alarmantes. Si el Administrador reducía gastos, decían que era un insensible. Si ordenaba cuentas, era un improvisado. Si cortaba una caja negra, era autoritario. Si no filtraba, ocultaba. Si hablaba, agredía. Si callaba, conspiraba. Si los datos mejoraban, advertían sobre “la otra cara”. Si la realidad desmentía sus profecías, redoblaban la apuesta con tono grave, como si equivocarse todos los días fuese una prueba de seriedad.

Uno de los Caballeros más veteranos, don Anselmo de la Editorial Permanente, explicaba en su programa nocturno que el verdadero peligro para la democracia no eran los empresarios que habían vivido del Estado durante décadas, ni los negociados cruzados, ni la extorsión mediática, ni las campañas armadas con operaciones de carpeta, sino el mal tono del Administrador al describir todo aquello.

—Las formas importan —decía, con voz de funeral republicano, mientras recibía un mensaje del tesorero del Club del Subsidio Eterno agradeciéndole por “la cobertura”.

Otro caballero, sir Ernesto de la Primicia Inventada, aseguraba tener “tres fuentes irreprochables” que confirmaban que el Administrador estaba al borde del colapso. Las tres fuentes, por supuesto, eran el mismo empresario hablando desde tres teléfonos distintos.

También estaba lady Matilda de la Sensación Térmica, especialista en convertir rumores en certezas y certezas en ataques personales. Si no encontraba un escándalo, lo diseñaba. Si no había pruebas, hablaba de “fuertes versiones”. Si no había versiones, apelaba a “lo que todos saben”. Y si nadie sabía nada, siempre quedaba el recurso más noble del periodismo degenerado: insinuar.

Con el paso de los meses, los Caballeros del Micrófono dejaron de disimular. Ya ni siquiera intentaban parecer independientes. Iban de los estudios de televisión a los almuerzos de empresarios; de los almuerzos a las reuniones con operadores; de las reuniones a escribir editoriales sobre ética pública. Denunciaban aprietes mientras apretaban. Hablaban de violencia mientras destruían reputaciones. Se victimizaban como mártires de la libertad de expresión cada vez que alguien les recordaba una sola verdad insoportable: que habían dejado de informar para convertirse en mercenarios del relato.

El pueblo, que al principio los observaba con respeto, empezó a notar detalles extraños. Por ejemplo, que los Caballeros del Micrófono nunca investigaban a quienes les financiaban la indignación. Que siempre descubrían problemas exactamente donde el Club del Subsidio Eterno necesitaba frenarlos. Que sus grandes “preocupaciones republicanas” coincidían milagrosamente con balances empresariales, licitaciones, regulaciones y cajas amenazadas.

Era una sincronización casi poética

Una tarde, un niño del pueblo le preguntó a su abuelo:

—Abuelo, ¿por qué esos señores dicen que defienden la verdad si siempre atacan al que ordena y protegen al que roba?

El abuelo, que había vivido demasiados años como para sorprenderse, le respondió:

—Porque ya no venden noticias, hijo. Venden obediencia envuelta en palabras elegantes. Antes el periodista temía volverse vocero. Ahora muchos aspiran a serlo. Antes investigaban al poderoso. Ahora le preguntan cómo quiere salir en cámara.

—¿Y por qué se enojan tanto con el que hace bien su trabajo?

—Porque el que hace bien su trabajo deja al descubierto a todos los que durante años hicieron el suyo demasiado mal. Y eso, en este reino, no se perdona.

Con el tiempo, la farsa se hizo tan obscena que los propios Caballeros del Micrófono empezaron a parecer caricaturas de sí mismos. Uno lloraba por la calidad institucional mientras defendía subsidios para millonarios. Otro denunciaba “discursos peligrosos” mientras inventaba operaciones con total naturalidad. Otro hablaba de pluralismo desde un panel donde todos pensaban exactamente lo mismo, solo que con distinto peinado.

Y así siguieron, convertidos en una mezcla de sacerdotes de la mentira, gerentes del interés privado y sicarios mediáticos con credencial de prensa.

Pero el problema de actuar tanto tiempo es que un día la audiencia descubre el libreto. Y cuando eso ocurre, el miedo cambia de bando.

Porque el pueblo puede tolerar errores, opiniones, incluso exageraciones. Lo que no tolera eternamente es la impostura. No tolera que le vendan independencia quienes responden a empresarios prebendarios. No tolera que se disfracen de conciencia crítica quienes operan por encargo. No tolera que se llamen periodistas quienes, en verdad, funcionan como empleados de lujo de corruptos con buenos modales.

Desde entonces, en República Informada, cada vez que un Caballero del Micrófono aparecía en pantalla fingiendo neutralidad, se escuchaba una risa bajita en las casas del reino. Ya nadie veía un periodista. Veían un actor con libreto ajeno, defendiendo privilegios viejos con palabras nuevas.

Y así terminó el hechizo

No porque los mercenarios dejaran de mentir, sino porque dejaron de convencer.

Moraleja: cuando el periodismo abandona la verdad para servir al empresario prebendario, deja de ser periodismo. Se convierte en un peón con micrófono, un operador con maquillaje y un sicario de modales finos que ladra en prime time por las sobras que caen de la mesa del poder.

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