El periodismo nació con una función esencial en la vida pública: buscar la verdad, ordenar
los hechos y someter al poder al escrutinio de la sociedad. Sin embargo, la historia
universal demuestra que muchas veces ocurrió exactamente lo contrario. A lo largo del
tiempo, los medios de comunicación y muchos periodistas no actuaron como servidores
de la verdad, sino como constructores de relatos funcionales a intereses políticos,
económicos o ideológicos. No es una desviación reciente ni un problema exclusivamente
argentino. Ya a fines del siglo XIX, la llamada prensa amarilla en Estados Unidos mostró
cómo la exageración, el sensacionalismo y la manipulación emocional podían reemplazar
a la información rigurosa. Desde entonces, la historia del periodismo también es, en buena
medida, la historia de cómo se fabrican climas de opinión, se deforman hechos y se
construyen enemigos públicos.
El siglo XX perfeccionó todavía más esa maquinaria. Los grandes aparatos de propaganda
entendieron que controlar la información era controlar la percepción de la realidad. La
noticia dejó de ser, en muchos casos, un vehículo para conocer el mundo y pasó a
convertirse en un instrumento para moldearlo. La lógica era simple y brutal, no importaba
describir los hechos tal como sucedían, sino presentarlos del modo más útil para influir
sobre la sociedad. Así, la manipulación informativa dejó de ser una excepción y pasó a
convertirse en una herramienta de poder. La historia moderna está llena de ejemplos en
los que medios y periodistas difundieron versiones falsas, instalaron narrativas engañosas
o amplificaron operaciones que luego terminaron demostradas como mentiras. El
problema, por lo tanto, no es nuevo. Lo nuevo es el nivel de cinismo con el que hoy
muchos siguen haciéndolo mientras se presentan a sí mismos como custodios de la
democracia.
La fake news no siempre adopta la forma burda de una mentira completamente inventada.
Muchas veces opera de manera más sofisticada: seleccionando qué contar y qué ocultar,
recortando frases, suprimiendo contexto, construyendo títulos maliciosos, editorializando
desde la supuesta objetividad o repitiendo insinuaciones hasta convertirlas en sentido
común. Ese es el mecanismo más eficaz de la manipulación mediática moderna. No hace
falta inventar por completo un hecho cuando se puede deformar su interpretación. No
hace falta probar nada cuando basta con sugerir. No hace falta demostrar una acusación
cuando se puede instalar una sospecha y dejar que el daño haga el resto. Ese modo de
operar es precisamente el que ha degradado al periodismo contemporáneo,
transformándolo en demasiados casos en una industria de la distorsión.
En la Argentina, ese fenómeno se vio agravado por años de connivencia entre poder
político y medios de comunicación. Durante mucho tiempo, una parte importante del
sistema mediático vivió al calor de un esquema perverso en el que la cercanía con el
gobierno de turno tenía premio, y la pauta oficial funcionaba como mecanismo de
subordinación, alineamiento y protección. En ese contexto, muchos periodistas dejaron
de responder al deber de informar y pasaron a responder a incentivos económicos y
políticos. La consecuencia fue evidente: el periodismo dejó de actuar como contrapoder
y se convirtió en un actor interesado, con privilegios que defender y relatos que sostener.
Cuando un sistema se acostumbra a recibir dinero del poder, deja de fiscalizarlo con
independencia. Y cuando esos privilegios se terminan, la reacción no es profesional ni
ética, sino corporativa y vengativa.
Ahí es donde encaja con total claridad el caso de Javier Milei. Desde antes de llegar a la
presidencia, fue blanco de una cobertura plagada de tergiversaciones, caricaturas,
exageraciones, insultos disfrazados de análisis y operaciones presentadas como
periodismo. Durante años se construyó alrededor de su figura una narrativa
deliberadamente deformada, no para entenderlo ni para discutirlo con honestidad
intelectual, sino para desacreditarlo frente a la opinión pública. Se lo intentó mostrar como
un fenómeno peligroso, desequilibrado, inviable o directamente monstruoso, muchas
veces apelando a rumores, falsedades, especulaciones o lecturas abiertamente maliciosas.
Lo que se vendía como análisis era, en realidad, una campaña constante de
deslegitimación.
Con Milei en el poder, esa lógica no desapareció, sino que se intensificó. Y hay una razón
evidente. Al cortar con los mecanismos tradicionales mediante los cuales muchos medios
y periodistas habían sido beneficiados por el Estado, el gobierno afectó intereses
concretos. Eso volvió todavía más visible algo que antes muchos intentaban disimular:
que detrás de la supuesta defensa de la libertad de expresión, en numerosos casos lo que
había era la defensa de un sistema de privilegios. Por eso una parte del periodismo no
reaccionó como reaccionaría frente a un gobierno cualquiera, sino como reacciona un
sector que se siente perjudicado en sus intereses materiales y simbólicos. Desde entonces,
la crítica legítima convivió con una maquinaria mucho más oscura, orientada no a
informar mejor a la sociedad, sino a erosionar, desgastar y demonizar al gobierno de Milei
de forma permanente.
Lo más grave es que esa operación constante no se limita a cuestionar decisiones de
gestión. Va mucho más allá. Busca instalar marcos interpretativos en los que Milei nunca
pueda aparecer como un dirigente que enfrenta privilegios, corrige distorsiones o desafía
estructuras enquistadas, sino siempre como el villano de una historia previamente escrita.
Cuando una medida funciona, se minimiza. Cuando un dato contradice el relato, se
relativiza. Cuando una mentira queda expuesta, se pasa a la siguiente sin rectificación
real. Cuando no hay escándalo, se lo fabrica. Y cuando el Presidente responde o
confronta, entonces esos mismos operadores se victimizan y hablan de agresión,
autoritarismo o ataque a la prensa. Esa doble moral es una de las expresiones más claras
de la decadencia del periodismo actual.
El problema de fondo no es simplemente político, sino moral. Una sociedad no puede
aspirar a la verdad pública si quienes deberían buscarla se dedican a adulterarla. Un
periodismo que miente, recorta, opera y construye fake news no cumple ninguna función
noble, por el contrario, intoxica la conversación pública. Degrada el debate democrático
y convierte a los ciudadanos en rehenes de agendas que no responden al interés general,
sino al interés de pequeños grupos de poder. La mentira sistemática no se vuelve
respetable por aparecer impresa en un diario, en un portal o en un programa de televisión.
Sigue siendo mentira. Y cuando esa mentira se organiza, se profesionaliza y se repite
todos los días con pretensión de autoridad, deja de ser un error para convertirse en un
mecanismo de manipulación.
Por eso la crítica al periodismo no es un ataque a la libertad de expresión como intentan
presentarlo quienes se escudan en ese argumento para no rendir cuentas. Al contrario,
denunciar a los operadores disfrazados de periodistas es defender la verdad frente a
quienes la prostituyeron. Defender la libertad de expresión no implica otorgar inmunidad
moral a quienes usan un micrófono, una columna o una pantalla para mentir de manera
sistemática. La libertad de prensa no puede ser un escudo para la desinformación
organizada ni una coartada para la operación política. Si el periodismo quiere recuperar
autoridad, tendrá que volver a algo tan básico como olvidado: verificar antes de publicar,
informar antes que militar, y asumir que la verdad está por encima de sus negocios, de
sus prejuicios y de sus intereses.
El caso Milei expuso con crudeza esa crisis. Dejó al descubierto que una parte del
periodismo argentino hace tiempo abandonó su misión esencial y eligió convertirse en
aparato de presión, usina de operaciones y fábrica de relatos. Ya no informa para que la
sociedad comprenda, sino que manipula para que la sociedad reaccione como ellos
necesitan. Ya no investiga para revelar la verdad, sino que selecciona aquello que sirve
para sostener una narrativa hostil. Ya no busca hechos, busca munición. Y cuando un
periodista deja de buscar la verdad para convertirse en operador, deja también de cumplir
un rol importante en la república. En ese momento, deja de ser periodista en el sentido
noble del término y pasa a ser simplemente otra pieza más dentro del engranaje de la
mentira.