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Milei en la Expo EFI 2026: una clase de economía que Argentina esperaba hace décadas

Por Diego Macana
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Milei vs. Keynes, una pelea donde siempre triunfa la libertad.

El presidente Javier Milei cerró este miércoles la Expo EFI 2026 en el Centro de Convenciones de Buenos Aires con un discurso que, desde mi perspectiva como economista de la Escuela Austríaca, fue mucho más que un balance de gestión, fue una exposición rigurosa y valiente sobre teoría del crecimiento, los fundamentos del liberalismo y el camino que Argentina necesita recorrer para convertirse en una nación próspera.

Milei organizó su presentación en torno a tres ejes que había venido desarrollando durante la semana: los resultados de la gestión en perspectiva histórica, una crítica profunda al keynesianismo y, finalmente, el núcleo del discurso de este miércoles, la teoría del crecimiento económico y lo que él denominó la transición. No se trató de un discurso político convencional. Fue, en rigor, una clase magistral con referencias explícitas a Solow, Uzawa, Romer, Lucas, Schumpeter, Aghion, Hayek y Adam Smith. Pocas veces un presidente de cualquier país del mundo habla desde un podio con semejante densidad conceptual.

Uno de los momentos más significativos fue su demolición del pensamiento keynesiano. Milei señaló que la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero no es sólo mala economía, sino que su capítulo final propone un esquema económico análogo al de los sistemas fascistas y nazis, donde el Estado controla la demanda y deja los medios de producción en manos privadas sólo nominalmente. Es una lectura que comparto plenamente y que está respaldada por las propias palabras de Keynes en el prefacio a la edición alemana de 1936. Que un presidente lo diga en público, con nombre y apellido del libro, es un acto de valentía intelectual poco frecuente.

Desde la Escuela Austríaca, celebro también la metáfora que usó para describir la inflación: dijo que es al sistema de precios lo que el ruido es a la comunicación. Es exactamente lo que Hayek enseñó sobre el problema del conocimiento disperso. Los precios son señales. Cuando la emisión monetaria los distorsiona, los agentes económicos no pueden coordinar sus planes, los recursos se asignan mal y la economía se empobrece aunque nadie lo vea de inmediato. El ajuste de 15 puntos del PBI que realizó este gobierno fue, en este sentido, la única respuesta coherente con la teoría: detener la destrucción del sistema de señales antes de pretender crecer.

En materia de crecimiento, Milei repasó con honestidad las familias de modelos disponibles, desde Solow hasta la teoría del crecimiento endógeno de Romer y Lucas, para concluir que el 70% del crecimiento económico se explica por el capital humano y que las instituciones importan tanto como la acumulación de capital físico. El caso argentino es el ejemplo perfecto, a principios del siglo XX, Argentina era una de las sociedades más educadas del mundo, y sin embargo cayó. La conclusión es inevitable, no alcanza con capital humano si las instituciones destruyen los incentivos para crear valor.

Por eso, lo que más me entusiasmó fue la coherencia entre el diagnóstico y las políticas adoptadas. El Ministerio de Desregulación que Milei describió con humor como el Ministerio de los Rendimientos Crecientes, lleva más de 15.000 desregulaciones en dos años, a un ritmo de 17 por día. Cada regulación eliminada es, desde la perspectiva austríaca, una traba menos al proceso espontáneo de especialización y división del trabajo que Adam Smith describió hace 250 años. La apertura comercial, el RIGI con 100.000 millones de dólares comprometidos, la baja de 20 impuestos y la modernización laboral completan un cuadro de políticas que apuntan en la dirección correcta.

El presidente también abordó la destrucción creadora de Schumpeter con una lucidez que rara vez se escucha en el debate público argentino. Dijo algo que muchos no quieren oír, en un proceso de crecimiento genuino, hay sectores que crecen y sectores que se contraen. Los precios relativos cambian, los recursos se reasignan. Eso no es un fallo del sistema; es exactamente cómo funciona el progreso. Lo que se necesita no es subsidiar a los perdedores temporales a costa de los ganadores, sino tener mercados flexibles que permitan que esa reasignación sea rápida y poco costosa. La modernización laboral aprobada por este gobierno apunta precisamente a eso.

Hubo también un tramo del discurso que me pareció el más importante de todos, cuando habló de la moral como política de Estado. Milei argumentó que una política económica que castiga al que crea valor para redistribuirlo hacia quienes no crean no sólo es ineficiente; es injusta. Y que las sociedades que abrazan la justicia social redistributiva terminan destruyendo los incentivos de todos, el que invierte deja de invertir porque sabe que le van a confiscar lo ganado, y el que trabaja deja de trabajar porque sabe que el fruto de su esfuerzo será entregado a quien no hizo nada. Es la lógica que Mises describió en Liberalismo y que la experiencia argentina de los últimos setenta años confirmó de manera brutal.

Termino con lo mismo que termina el presidente, el héroe de esta historia no es el Estado ni el político. Es el empresario, el que con su capacidad de detectar oportunidades donde otros no las ven genera valor real y empleos reales. El rol del gobierno es nivelar la cancha, quitar obstáculos y respetar la propiedad. Todo lo demás es casta. Y Argentina lleva demasiados años pagando el costo de confundir las dos cosas.

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