La pobreza en Argentina suele analizarse en términos económicos. Sin embargo, desde la práctica médica cotidiana, es evidente que se trata de un fenómeno mucho más profundo: la pobreza enferma. Deteriora la salud física, afecta la salud mental y limita la autonomía de las personas.
No escribo desde la teoría. Nací en la calle. Durante mi infancia, la supervivencia no era un concepto abstracto: comía lo que podía y, junto a mis hermanos, pedíamos comida para subsistir. Esa experiencia no es un relato. Es un hecho.
Mi vida cambió cuando una familia —no el Estado— decidió darme una oportunidad. A partir de allí, pude estudiar, formarme y construir mi camino. Hoy soy médico, con múltiples especialidades. Mi desarrollo no fue el resultado de un sistema que me sostuvo, sino del esfuerzo personal en un contexto que muchas veces dificultaba avanzar.
Esta experiencia me llevó a una conclusión que considero necesario discutir: la pobreza no se supera con dependencia, sino con libertad y oportunidades reales.
La pobreza en Argentina: una realidad persistente
Según datos del INDEC, la pobreza en Argentina ronda el 28% de la población, lo que implica que más de 13 millones de personas viven en condiciones de vulnerabilidad. La indigencia, por su parte, afecta a millones que no logran cubrir necesidades básicas de alimentación.
Más allá de variaciones coyunturales, se trata de un problema estructural que lleva décadas sin resolverse. Y esto, desde la medicina, tiene una lectura clara: estamos frente a una condición crónica.
Pobreza como enfermedad crónica
En términos clínicos, la pobreza se comporta como una enfermedad crónica descompensada:
- Consume recursos
- Deteriora funciones
- Genera dependencia
- Limita la capacidad de recuperación
La evidencia científica muestra que el estrés sostenido y la falta de control sobre la propia vida aumentan la carga alostática (Bruce McEwen), favoreciendo inflamación, enfermedad cardiovascular y deterioro cognitivo.
Asimismo, estudios epidemiológicos como los de Michael Marmot han demostrado que la falta de autonomía se asocia a mayor mortalidad y peor salud general.
Desde esta perspectiva, la dependencia prolongada no resuelve el problema: lo cronifica.
El enfoque asistencial: límites evidentes
Durante años, la respuesta predominante ha sido aumentar la asistencia:
- Subsidios
- Transferencias
- Expansión del gasto público
Sin embargo, los niveles de pobreza persistentes indican que este enfoque, por sí solo, no ha logrado revertir el problema.
En medicina, cuando un tratamiento no corrige la causa, el paciente no mejora.
Cambio de enfoque: resultados iniciales
En el contexto reciente, se observa una reducción de los indicadores de pobreza respecto de períodos previos, en un marco de estabilización económica y corrección de desequilibrios.
Este cambio de tendencia se da bajo la actual gestión de Javier Milei, que ha impulsado medidas orientadas al equilibrio fiscal, la reducción de la inflación y la eliminación de distorsiones económicas.
Si bien el proceso es incipiente, los datos comienzan a mostrar que abordar las causas estructurales puede generar mejoras reales.
Libertad vs. dependencia: una mirada clínica
En medicina, el objetivo no es que el paciente dependa cada vez más del tratamiento, sino que recupere autonomía.
Un organismo sano se autorregula. Un organismo intervenido en exceso, se descompensa.
Aplicado a la sociedad, esto implica que las políticas públicas deben favorecer:
- la capacidad de trabajar
- la generación de ingresos
- la previsibilidad económica
- la responsabilidad individual
En este sentido, el enfoque actual impulsado por Javier Milei prioriza la generación de condiciones para el desarrollo, en lugar de consolidar esquemas de dependencia.
Desde una perspectiva médica, esto equivale a tratar la causa y no solo los síntomas.
Conclusión
La pobreza no es solo un problema económico. Es un problema de salud.
Y como todo problema de salud crónico, no se resuelve aumentando indefinidamente la asistencia, sino corrigiendo las condiciones que lo generan.
Mi historia personal no es una excepción aislada, pero sí es una evidencia concreta de que, cuando existen oportunidades reales y libertad para desarrollarse, es posible cambiar el rumbo.
Por eso considero que un enfoque orientado a la estabilidad, la libertad económica y la responsabilidad individual representa una dirección adecuada para abordar la pobreza de manera sostenida.
La libertad no es un concepto abstracto. Es, muchas veces, la diferencia entre permanecer en la exclusión… O poder salir de ella.