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Lo que Milei dice sobre el Estado, un filósofo lo demuestra

Por Diego Macana
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Michael Huemer y Javier Milei.

Javier Milei ha insistido desde el inicio de su vida pública en que sus posiciones políticas no son solo económicas sino fundamentalmente morales. Para él, el problema del Estado no es únicamente su ineficiencia; es su ilegitimidad ética. Esa afirmación suele recibirse en el debate público como una provocación o como un exceso retórico. Sin embargo, existe una tradición filosófica académica rigurosa que permite darle a esa intuición el sostén teórico que muchos le niegan. Esa tradición es el intuicionismo moral contemporáneo, y su exponente más influyente es el filósofo estadounidense Michael Huemer.

Huemer desarrolla en su obra, especialmente en “ El problema de la autoridad politica”, un principio que llama fenomenal conservadurismo: aquello que nos parece moralmente evidente constituye evidencia legítima, del mismo modo que la percepción sensorial constituye evidencia sobre el mundo físico. No es necesario derivar la moral de axiomas abstractos ni de teorías económicas. Basta con tomarse en serio lo que cualquier persona honesta reconoce cuando observa ciertas acciones. Que agredir a quien no agredió a nadie está mal, que apropiarse del trabajo ajeno sin consentimiento es injusto, y que obligar a alguien mediante la amenaza de la violencia requiere una justificación extraordinariamente poderosa para no ser simplemente un abuso.

Estas tres intuiciones, que Huemer considera prácticamente universales y moralmente básicas, son exactamente las que Milei invoca cuando habla de política. Cuando el presidente sostiene que el Estado no tiene derecho a tomar por la fuerza una parte del ingreso de los ciudadanos para financiar proyectos que estos no eligieron, está apelando a algo que Huemer formalizaría así: si un individuo privado hiciera lo mismo, lo llamaríamos extorsión. La pregunta filosófica relevante no es si el Estado lo hace, sino qué justifica moralmente que lo haga. Y Huemer argumenta con rigor que ninguna de las respuestas clásicas, el contrato social, el consentimiento tácito, el bien común, logra cerrar esa brecha de manera convincente.

Lo que el intuicionismo huémeriano aporta al discurso de Milei es precisamente lo que le falta cuando se lo critica desde la filosofía política: un fundamento que no depende de la adhesión a ninguna escuela económica ni a ninguna ideología previa. Huemer no parte de Mises ni de Rothbard.

Parte de lo que cualquier persona percibe como justo o injusto en su vida cotidiana, y muestra que esas mismas percepciones, aplicadas con coherencia al Estado, generan conclusiones que el sentido común político dominante prefiere no sacar. Que la coacción es un mal que necesita justificación, no la libertad. Que la carga de la prueba recae siempre sobre quien quiere limitar la autonomía del individuo, no sobre quien la defiende.

Lo que el intuicionismo de Huemer logra, en definitiva, es mostrar que las posiciones de Milei sobre la moral en la política no son un arrebato ideológico ni una excentricidad intelectual. Son la consecuencia natural de aplicar con coherencia las mismas reglas morales que la mayoría de las personas ya acepta en su vida cotidiana, pero que el debate político convencional se niega a extender al Estado. Huemer le da a esa coherencia un nombre filosófico, un método riguroso y una tradición académica respetable. Y eso, en un debate donde las ideas de Milei suelen ser atacadas antes de ser examinadas, no es un detalle menor.

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