Envidia, racionalismo constructivista y la silenciosa traición de algunos libertarios a su propia causa.
Voy a decir algo incómodo — y precisamente por eso, algo que necesita decirse: un segmento del mundo libertario argentino se ha convertido, sin haberlo elegido conscientemente, en un activo funcional para el kirchnerismo. No por haber leído mal la situación ni por ingenuidad teórica, sino por una combinación de envidia, resentimiento e incapacidad de tolerar que otro haya logrado lo que ellos no pudieron: llevar las ideas de la libertad al centro de la escena política y cultural de todo un país. Eso es lo que está ocurriendo. Y creo que ha llegado el momento de nombrarlo con la misma claridad que usamos cuando señalamos lo que nos molesta del otro lado.
El fenómeno tiene una lógica interna que no es difícil de reconstruir. Durante décadas, los autores de la Escuela Austriaca — Mises, Hayek, Rothbard, Huerta de Soto, Hoppe, Hazlitt — eran nombres que circulaban en grupos académicos, foros de nicho y seminarios especializados. La filosofía libertaria era, en el debate público argentino, prácticamente invisible. Quienes la defendían lo hacían desde los márgenes, con la satisfacción resignada de quien sabe que tiene razón pero a quien nadie escucha. Esa marginalidad, con el tiempo, se convirtió en identidad. Ser libertario significaba pertenecer a una élite intelectual incomprendida, al pequeño grupo que haría guardia sobre la verdad mientras el mundo se hundía en el socialismo.
Entonces llegó Milei. Y de repente, Mises era citado en debates parlamentarios. La Acción Humana se agotó en las librerías. El Camino de Servidumbre de Hayek era discutido en círculos que jamás lo habrían considerado antes. Lo que había sido el coto privado de un pequeño grupo, orgulloso de su exclusividad, fue democratizado de una manera que ningún seminario académico habría podido lograr en cien años.
Eso debería ser motivo de celebración para cualquiera que genuinamente quiera que estas ideas transformen el mundo. Y en muchísimos casos, lo es. Pero en otros — los que quiero analizar aquí — ha producido exactamente lo contrario: una reacción de rechazo, distanciamiento y crítica sistemática cuya virulencia no puede explicarse únicamente por el desacuerdo teórico.
La envidia es un mecanismo psicológico conocido y filosóficamente interesante. No consiste simplemente en querer lo que otro tiene, sino en no poder tolerar que él lo tenga. Y cuando lo que está en juego no es un bien material sino reconocimiento, visibilidad, autoridad intelectual y lugar en la conversación pública, la envidia se vuelve especialmente corrosiva — porque quienes la experimentan rara vez la reconocen como tal. Se disfraza de rigor intelectual. Se presenta como defensa de principios. Adopta la forma de una elevada preocupación por la pureza ideológica. Y así, lo que en el fondo es una reacción ante la propia irrelevancia se transforma, con no poca elegancia retórica, en una postura filosófica.
No estoy construyendo una caricatura. Estoy describiendo algo documentable. Algunas voces prominentes que se reivindican libertarias o anarcocapitalistas han aparecido en medios kirchneristas dando declaraciones que luego fueron utilizadas como munición contra el gobierno. Otros han coordinado con periodistas de izquierda para atacar medidas que, en cualquier lectura honesta, representan avances hacia menos Estado y más mercado. Otros han edificado toda su presencia
pública sobre el papel de ser el libertario que critica a Milei, lo que les garantiza invitaciones permanentes a espacios que en otras circunstancias nunca les habrían abierto sus puertas. Ser funcionalmente útil a la narrativa kirchnerista no requiere ser consciente para ser real: lo que cuenta es el resultado, y el resultado es que algunos libertarios están haciendo el trabajo que el kirchnerismo necesita y no siempre
puede hacer por sí mismo con credibilidad propia.
Hayek escribió en 1949 un ensayo que hoy resulta casi profético: Los intelectuales y el socialismo. En ese texto argumenta que las ideas no se imponen en la sociedad por su mérito intrínseco solamente, sino a través de una clase de intermediarios — los intelectuales — que las traducen, simplifican y proyectan al debate público. El liberalismo, sostenía Hayek, había perdido esa batalla cultural durante décadas
porque había abandonado el campo a los socialistas, quienes entendían mucho mejor la dinámica de las ideas en una sociedad. Su conclusión era clara: recuperar la libertad requiere primero recuperar el terreno cultural, convencer a los formadores de opinión y disputar la hegemonía en el dominio de lo que la gente considera razonable o posible. Eso es precisamente lo que está haciendo Milei — con una efectividad que ningún libertario argentino había alcanzado antes. Y sin embargo, quienes más deberían celebrarlo son los que con más saña lo atacan.
Porque lo que no quieren ver — o no pueden ver — es que la batalla que se libra hoy en Argentina no es meramente política. Es fundamentalmente cultural. Milei no es solo un presidente que reduce el déficit fiscal y desregula mercados, aunque eso solo ya sería extraordinario en un país con la historia de Argentina. Es el primer líder político con llegada masiva que convirtió las ideas de la Escuela Austriaca en parte del sentido común de millones de personas; que logró que un adolescente comprendiera qué es el problema del cálculo económico socialista y por qué Mises demostró que es irresoluble; que hizo que el debate sobre el tamaño del Estado dejara de ser una conversación entre iniciados y se convirtiera en el eje de la discusión nacional. Eso, en términos estrictamente hayekianos, es la condición necesaria para cualquier cambio institucional que pretenda perdurar. Las reformas sin raíces culturales no sobreviven al primer gobierno que las revierte.
Y la expansión no se detiene en Argentina. Lo que está ocurriendo en este país es observado en todo el mundo con una atención que el liberalismo clásico no había recibido en décadas. Políticos de Europa, América Latina y los Estados Unidos citan a Milei. Universidades que ignoraban la Escuela Austriaca organizan paneles sobre sus ideas. Jóvenes en España, Chile, Brasil e Italia están leyendo a Hayek y a Mises porque un presidente argentino los puso en circulación con una energía que ningún think tank liberal había logrado generar en generaciones. Argentina se convirtió, quizás por primera vez en su historia, en exportador neto de ideas liberales al mundo.
Este es un momento decisivo en la historia de las ideas libertarias. Y algunos de quienes más deberían alegrarse de ello son los que lo están saboteando.
Vuelvo a Hayek porque su advertencia sobre el racionalismo constructivista tiene una dimensión que rara vez se menciona en este debate. En La Fatal Arrogancia, Hayek no solo critica a los socialistas que creen poder diseñar el orden social desde arriba. Advierte también, en un sentido más amplio, contra cualquier forma de pensamiento que pretenda derivar la acción correcta de principios abstractos sin atender a las circunstancias concretas, a la información particular, a las condiciones que solo los actores sobre el terreno pueden conocer. El purista que exige que Milei implemente el programa libertario completo en dieciocho meses comete exactamente ese error — y algo más: comete el mismo error epistemológico que el planificador socialista al que dice oponerse. El socialista cree que una autoridad central puede calcular cuáles deberían ser los precios, ignorando que ese conocimiento está disperso entre millones de actores y es inaccesible para una sola mente. El purista libertario cree que puede calcular, desde la comodidad de su posición teórica, cuál es la secuencia política correcta, ignorando que ese conocimiento está igualmente disperso: en la correlación real de fuerzas, en la información que solo los actores sobre el terreno poseen, en las restricciones que ningún seminario de filosofía política puede reproducir. En ambos casos el error lleva el mismo nombre que le dio Hayek: la fatal arrogancia de creer que se posee el
mapa completo. Con una diferencia que no es trivial: el socialista es al menos coherente con sus propias premisas. El purista libertario no lo es.
Quiero ser justo con la crítica legítima, porque esos críticos merecen su lugar. No todos quienes cuestionan al gobierno de Milei lo hacen por envidia o mala fe. Existen debates genuinos, y esas discusiones son necesarias y bienvenidas dentro del movimiento libertario. El problema no es la crítica en sí — el problema es el patrón: su implacabilidad, la alianza táctica con los enemigos de las mismas ideas que uno dice defender y, sobre todo, la incapacidad de reconocer que en el tablero real, con las cartas reales disponibles, el juego se juega de manera muy distinta a como se juega en un seminario de filosofía política.
El liberalismo, si quiere ser algo más que una curiosidad académica, necesita aprender a distinguir entre sus críticos honestos y sus saboteadores funcionales. Necesita la madurez para sostener el debate interno sin convertirlo en munición para quienes desean que todo esto fracase. Y sobre todo necesita comprender que estamos en un momento histórico en que ideas largamente marginadas tienen su
mayor oportunidad en generaciones. Desperdiciarlo por incapacidad de tolerar que quien las lleva adelante no sea suficientemente puro es — para decirlo con toda la contundencia que el momento exige — la manera más necia y más costosa de perder.
Hayek lo formuló de una manera que no admite añadidos: la curiosa tarea de la economía es demostrarles a los hombres cuán poco saben sobre lo que imaginan que pueden diseñar. Esa frase apunta a los socialistas, sí. Pero se aplica con igual fuerza a cualquiera que crea poseer el mapa completo, la hoja de ruta perfecta, el criterio infalible para juzgar cada paso de una transformación histórica desde la comodidad del balcón. Los puristas libertarios que hoy se alinean tácticamente con el kirchnerismo para atacar a Milei no solo están traicionando una causa. Están demostrando, sin advertirlo, que no comprendieron el argumento central del autor al que más dicen admirar.