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Inflación, consistencia y memoria: por qué 3,4% no invalida el rumbo económico de Milei

Por Diego Macana
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Javier Milei, presidente de Argentina.

El dato de inflación de marzo de 2026 fue de 3,4% mensual, con una variación acumulada de 9,4% en el año y una interanual de 32,6%. Además, el propio informe oficial mostró que Educación fue la división de mayor aumento, con 12,1%, seguida por Transporte con 4,1% y el IPC núcleo se ubicó en 3,2%.

Frente a ese número, Javier Milei eligió en AmCham hacer exactamente lo contrario de lo que suele hacer la política tradicional cuando aparece un dato que no le gusta, no esquivó el tema, no intentó cambiar de conversación y no buscó disfrazar la realidad, tal como él mismo lo dijo, prefirió ponerlo en el centro del debate, esa decisión marca una diferencia política importante. Porque cuando un gobierno enfrenta un mal dato y lo discute de frente, está mostrando que tiene una explicación, un diagnóstico y, sobre todo, un rumbo, ayer en AmCham Summit, Milei insistió en que lo importante no era discutir unas décimas más o menos, sino entender por qué la inflación había subido y por qué, según su visión, va a volver a bajar.

Ese es el punto central que muchos críticos prefieren omitir. Tomar un dato aislado para decretar el fracaso de un programa económico puede servir para la pelea mediática del día. Pero no sirve para comprender un proceso de estabilización. Mucho menos en la Argentina, un país que durante años convivió con una inflación persistentemente alta, con aceleraciones bruscas y con una degradación monetaria crónica, cosa que vimos hasta el 2023. En ese contexto, una suba de algunas décimas no puede analizarse con la misma lógica con la que debería analizarse una economía ya estabilizada. Lo relevante es la dirección de fondo, la consistencia del programa y la comparación con el punto de partida.

Y ahí la memoria es decisiva. Los mismos sectores que hoy pretenden presentar el 3,4% de marzo como una prueba terminal contra el plan económico suelen olvidar que en el gobierno anterior la inflación no se movía unas décimas. Se disparaba varios puntos, una y otra vez, destruyendo salarios, ahorro, crédito y previsibilidad. Lo más llamativo no es solo la magnitud de aquellas subas, sino el contraste en la reacción pública. Cuando la inflación se descontrolaba de verdad, muchos de los que hoy gritan fracaso elegían la relativización, la excusa o directamente el silencio, sin mencionar que las autoridades anteriores decían que la inflación era una cuestión psicologica. Ahora, en cambio, cada desvío mensual es convertido en una supuesta refutación total del programa. No es un análisis serio, es una vara política selectiva.

Por eso el discurso de Milei en AmCham tuvo un valor adicional. No se limitó a defender el dato ni a negarlo, sino que intentó explicarlo. Su argumento fue que el número de marzo debe leerse en el marco de dos fenómenos. Por un lado, una caída previa en la demanda de dinero que habría metido presión sobre los precios, por otro, factores puntuales y estacionales que impactaron especialmente en este mes. El dato oficial del INDEC, de hecho, respalda parte de esa lectura coyuntural: Educación trepó 12,1% en coincidencia con el inicio de clases; Transporte subió 4,1%; y la principal incidencia regional vino de Alimentos y bebidas no alcohólicas, con fuerte peso de carnes y derivados.

Eso no significa negar que 3,4% sea un mal número. Milei, de hecho, dijo explícitamente que el dato no le gustó. Pero una cosa es reconocer que el número es malo y otra muy distinta es concluir que el programa fracasó. Son planos completamente diferentes. Un programa antiinflacionario no se juzga por un solo mes, sino por su coherencia, por la

conducta fiscal, por la política monetaria y por si efectivamente desarma las causas permanentes de la inflación. En la visión del Gobierno, la clave sigue siendo la misma. Evitar la emisión para financiar déficit, sostener el equilibrio fiscal y no convalidar la vieja lógica argentina de tapar desequilibrios con más pesos. Ese enfoque no cambió.

De hecho, el informe oficial de marzo deja ver algo importante, aunque el nivel general fue de 3,4%, hubo componentes puntuales que explicaron buena parte de la aceleración. Los regulados avanzaron 5,1%, por encima del promedio, y los servicios subieron 4,2%, mientras los bienes crecieron 3,0%. En otras palabras, no se trató de una explosión homogénea de todos los precios al mismo tiempo, sino de un mes con fuerte incidencia de ajustes específicos y rubros muy determinados, esa distinción importa, porque permite separar el ruido coyuntural de la tendencia de fondo.

Otro punto central del discurso de Milei fue su crítica frontal a la idea de que “un poco de inflación” sería buena para la economía. Allí el Presidente fue terminante. Sostuvo que ese razonamiento, repetido con frecuencia por parte del llamado círculo rojo, por medios y por economistas acostumbrados a pensar en términos de atajos, no solo es falso en lo técnico sino además inmoral en lo político, no existe un crecimiento sano construido sobre la mentira monetaria. Emitir para estimular artificialmente la demanda, licuar en silencio o intentar comprar actividad con inflación puede dar una sensación transitoria. Pero termina destruyendo el sistema de precios, castigando el salario real y deteriorando la credibilidad.

Ese argumento merece ser tomado en serio. Durante décadas, la Argentina ensayó una y otra vez la fantasía de que se podía crecer relajando la disciplina fiscal y monetaria. El resultado está a la vista, inflación crónica, crisis cambiarias, caída de la moneda, aumento de la pobreza y ausencia de horizonte. Por eso Milei insistió en AmCham con una idea de fondo que conviene rescatar. Si la inflación fuera realmente un motor de crecimiento, la Argentina debería haberse convertido hace rato en una potencia. Ocurrió exactamente lo contrario. La inflación no nos hizo más ricos, más productivos ni más estables; nos volvió más frágiles, más cortoplacistas y más pobres.

Pensar que “algo de inflación” es deseable suele esconder, además, una trampa conceptual. Lo que algunos llaman estímulo no es otra cosa que distorsión. Cuando un gobierno emite, altera precios relativos, modifica señales, empuja decisiones de consumo e inversión bajo información degradada y, en el fondo, le transfiere recursos a unos sectores a costa de otros sin debate explícito ni votación alguna. Milei lo plantea en términos morales, la inflación es una forma de engaño y de exacción encubierta. Se podrá discutir el tono, pero no la intuición de fondo. En una economía normal, el crecimiento sólido no nace de adulterar la moneda sino de acumular capital, mejorar productividad, bajar impuestos distorsivos, liberar trabas y dar previsibilidad.

Por eso, aun cuando marzo haya dado 3,4%, el verdadero debate no es si hubo una mala noticia coyuntural, sino si el Gobierno va a abandonar o no la lógica que dice combatir. Y la respuesta que dio Milei en AmCham fue categórica: no. Ratificó equilibrio fiscal, dureza monetaria, continuidad de la motosierra, desregulación y apertura económica. El mensaje fue que no habrá giro hacia la vieja receta de emitir para simular alivio. Esa definición política importa tanto como el dato mismo. En la Argentina muchas crisis empezaron cuando un gobierno, frente a la primera dificultad, decidió traicionar su propio programa.

En este marco, la discusión pública debería ser más honesta. Se puede señalar que 3,4% es peor que lo esperado. Se puede exigir resultados más rápidos. Se puede cuestionar la comunicación oficial o la velocidad del proceso. Todo eso es legítimo. Lo que no es serio es fingir que una suba mensual equivale a la demolición total del programa, sobre todo cuando quienes hoy dictan cátedra convivieron durante años con desbordes inflacionarios muchísimo más graves sin la misma indignación. La consistencia exige una sola vara. Y esa vara obliga a reconocer dos cosas al mismo tiempo, que marzo fue un dato malo y que eso, por sí solo, no demuestra el fracaso del plan.

En definitiva, lo que dejó el discurso de Milei es una definición política y conceptual. Política, porque eligió no esconder un mal dato y redobló la defensa de la ortodoxia fiscal y monetaria. Conceptual, porque volvió a rechazar la idea de que la inflación pueda ser una herramienta virtuosa de crecimiento. Y en eso hay una discusión de fondo que excede a marzo.

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